
La falta de buenos especialistas en España le ha llevado a cruzar el charco en busca del gran Doctor Trumánides, digestólogo de fama internacional. El doctor, curiosamente español y exiliado ("pa que veas, páharo"), es un experto en la enfermedad conocida como "El Mal de Crohn" y parece haber solucionado de por vida los problemas crónicos del bacín, que no acaba de creer en los resultados que su cuerpo muestra a los pocos días de salir de la consulta de semejante eminencia.
El trasatlántico advierte una señal de socorro procedente de una isla situada en la ruta. Afortunadamente, el humo todavía sirve como reclamo, y para mayor suerte del náufrago, el barco hace una de esas extrañas excepciones y se desvía ligeramente para rescatarlo. De este modo sube a bordo un hombre desaliñado y abandonado a su suerte. Es más guapo que Picio pero más feo que George Clooney; no obstante, parece cabal y en sus ojos hay brillos de inteligencia y de profundo saber...por eso no habla. Se comunica escribiendo sus pensamientos en una hoja de papel y refrendando siempre lo escrito con su firma: Profesor Wilson. Aunque le hagan preguntas de sí o no, él contesta sí o no y luego, finalmente, firma. De hecho, hablar, lo que se dice hablar, sí puede, pero cuando lo hace sólo le salen palabras en japonés y claro, no hay quien le entienda. La condición asocial de Gimber Sanatorio y el mutismo humano del Profesor Wilson les llevan a hacer buenas migas.
A mitad de viaje ya han decidido que al llegar a Barcelona lo primero que harán es formar un grupo de Country & Western con tontuna y Bluegrass con regomello. Wilson ha practicado durante años la percusión... poco hay que hacer en una isla, pero encontrando cocos de distintos tamaños y afinaciones, el Profesor había desarrollado un técnica personal e intransferible.
Un pequeño problema se añadió a la nueva incorporación: el barco no disponía de ningún camarote libre para acomodar al náufrago, ya que se trataba de uno de esos viajes llenos a tope, así que rápidamente se empezaron a buscar posibles habitáculos dignos para el Profesor. Se probaron pequeños agujeros destinados al material de limpieza, espacios muertos de la despensa e incluso los rincones menos ruidosos de la sala de máquinas, pero ninguno de ellos parecía adecuado. Al final el Almirante sentenció:
- "Usad el Rompistorio"
- "¿Y eso qué es lo que es?" - respondió la tripulación, totalmente desconcertada.
-"El Rompistorio es una especie de medio camarote que está situado en la popa regulera y que yo a veces usaba...cuando alguna moza, quiero decir, alguna señorita deseaba soledad o que la escucharan" - aclaró el Almirante.
Las miraditas de complicidad y sorna y las sonrisas afloraron en la tripulación, pero nadie se atrevió a comentar nada. Inmediatamente la tripulación localizó el Rompistorio, pero al abrirlo, ¡Oh!, sorpresa, ya estaba ocupado. Alarmada y confusa, la tripulación llamó al Almirante.
- "Creo que tenemos un problemilla, Almirante"
- "A ver, ¿qué os pasa ahora?, ¿no habéis encontrado la popa regulera?" - preguntó inquisitivamente.
- "No, no es eso, es que creo que tenemos polizones"
- "¿Creo o tenemos? ¿Tenemos o creo? - Y así, el Almirante repitió estas preguntas en un clímax que se prolongó durante media hora. Y después...
A calzón partido, el Almirante se dirigió al Rompistorio, enfurecido y con ansias de ven-de-tta. Efectivamente, en el habitáculo yacían, desnudos y durmiendo como marmotas borrachas, un par de jóvenes de sexos opuestos que al parecer se habían abandonado a los placeres más viles del ser humano. No son las carreras de fórmula uno, pero casi. Intentaron despertarlos de todas las maneras posibles: con humo, con televisión, con bocinas, con descargas eléctricas en los genitales, con caramelos pez, dándoles con ceniceros en la puta cabeza y hasta con un partido de fútbol. Nada. Nones.
Ante tal frustración, el Almirante recurrió al Profesor Wilson, hombre de ciencia y grandes acciones, ya que si un tipo así había sobrevivido en una isla desierta debía conocer cada rincón inexplorado de la mente y del alma humana. Una vez al corriente, el Profesor pensó poco y enseguida le pasó el papelico de rigor con la firma de rigor al Almirante. Éste, después de leerlo, miró de sopesquete al náufrago y con cierta desconfianza reunió a la tripulación dándole breves instrucciones de cómo actuar.
La tripulación preparó una pancarta con grandes letras y colocándose en círculo alrededor de los morfeos de los cojones se desgañitaron profiriendo un descomunal:
- "¡¡Atiende Páharo!!"
El joven de sexo masculino abrió los ojos y leyó a voz en grito la inscripción de la pancarta:
- "¡HIPOTECA!”
Lo habían conseguido. El casquivano estaba consciente; su novia, en cambio, no. De hecho, ahora, después de semanas, la novia sigue durmiendo y no parece que vaya a despertar. Por supuesto, el pillo (bautizado por Gimber Sanatorio con el nombre de "El Niño de la Hipoteca") fue interrogado y acosado hasta llegar a un acuerdo tácito sobre su estancia en el barco. El Niño de la Hipoteca resultó ser un músico que huía de los USA después de haber dejado impagadas varias hipotecas. En su huida le acompañaba una contorsionista merilota que coleccionaba panes ácimos y bisutería cara. El polizón, que hablaba por los codos y por el ojete también, propuso:
- "Yo toco gratis en el salón de baile con vuestra orquesta, he traído mi contrabajo-guapamente-niano-niano, y además he visto que la orquesta toca regular, les puedo dar clases, y también amo a mi novia y quiero que se la alimente con suero y que se la bañe, mayormente en los días bisiestos de cada semana astral, y cargar el móvil y ¿Tenéis PSP? y...
- "Cállese, usted hará lo-que-se-le-di-ga y sin rechistar" - ordenó el Almirante con muy mala virgen.
- "Me la chupa" - musitó con voz infantil el pesado del músico.
- "¿Queesloquehadicho? – gritó el Almirante, atropelladamente y con un brote de furia animal. Nadie había visto así antes al jefe del trasatlántico.
- "Que cómo está la trucha. ¿La sirven buena? - respondió con naturalidad el Niño de la Hipoteca.
- "Pero que hijo de puta" - saltó con censura Gimber Sanatorio, que había presenciado todo el asunto a petición del Profesor.
- "A ti te va a caer una hostia que te va a dejar vestido de torero" - le advirtió.
El Profesor escribió algo y se lo pasó a Gimber:
- "Sí, menudo hijo de puta, éste marea hasta a las liendres" (Firmado: Profesor Wilson)
Y ya sin más sorpresas, el viaje continuó feliz y llegó a buen puerto al son de las noches musicales que la orquesta (con el Niño de Hipoteca) ofrecía a sus pasajeros. El polizón manisuelto y boquilargo resultó ser un payaso hijo de puta muy bien dotado con gracias naturales para hacerlo gozar a un regimiento con sus habilidades escénicas y musicales. Los tres pasajeros volvían en el barco con tres objetivos conseguidos y una nueva vida por delante: Gimber estaba curado, el Profesor Wilson había sido rescatado y el Niño de la Hipoteca tocaba los huevos a todo el mundo.
Por ello, y viendo que los astros les habían sido favorables, el del Sanatorio propuso al Profesor invitar al de la Hipoteca a sumarse a su idea del conjunto musical. Gimber Sanatorio había experimentado apariciones marianas: a veces oía voces, y en algunas ocasiones especiales llegaba a otear a los lejanos... O sea, que creía en lo paranormal, en los paramecios y en algún landrú meridional. Así pues, todo lo sucedido en el barco no podía ser más que una señal.
Además, Gimber había barajado varios nombres fantásticos para su banda, tales como: "Paco y sus electrónicos", "Orquesta del Rubor", "Las cascarujas del encurtido", "Anatoli en la niebla" o "Los pies que caminan, anidan y afinan". Finalmente, y después de hablar con el Profesor Wilson, se optó por "Lechuga en los Tanatorios", ya que resumía de modo inmejorable la paradoja del axioma reticular y el paradigma del cosmos guandanchero.
Cuando le ofrecieron el puesto al Niño de la Hipoteca, éste contestó:

y...
- "¡¡CA- LLA- TE!!"
Por Gianna Grimaldi
Texto revisado por BigMarc